Olivia descorrió la cortina y salió de la ducha entrechocando las rodillas huesudas. Antes de tomar la toalla, se miró en el espejo como solía hacerlo: una mujer montañosa, con pliegues en el abdomen apareció frente a ella.El vapor del agua cubrió el baño: apenas se distinguía el diseño de los azulejos; las gotas de las paredes se aglomeraban y se deslizaban chorreando confusión. Un manto blanquecino velaba su imagen, que miraba con ojos tristes desde la superficie engañosa del espejo.
Cada vez más gorda, se dijo Olivia, que detestaba verse así. Debía hacer algo urgente. Si no, se quedaría sin trabajo hasta que adelgazara.
Se subió a su tortura diaria: ¡Cuarenta y dos! ¡La aguja marcaba cuarenta y dos!
—¡Más de cuarenta, maldita sea! —y abandonó el baño con un portazo, como si quisiera dejar allí encerrado al hipopótamo en que se había convertido.
Envuelta en un toallón, cruzó el living en busca de su cartera. Sacó la libreta de control de peso y apuntó el número que la atormentaba. De repente un círculo rojo en la página de al lado le llamó la atención.
—¡No es posible! —dijo al ver el calendario—. ¡La última fue el 13 de diciembre! —y contó con los dedos—. ¡Tres meses! ¡Cómo no me di cuenta antes! ¡Hace tres mes que no menstrúo! Y embarazada no estoy, ¿quién se va a querer acercar a mí?
Pero no podía ocuparse en ese momento: se hacía tarde.
Rescató de una pila de papeles el recorte del diario del día anterior y corrió a vestirse. Se embutió en un par de pantalones talle XS, se encajó una remera que, estirándola, apenas le llegaba arriba del ombligo y se calzó unas sandalias de goma. Sacó de la heladera la botella de agua mineral y una manzana, y salió directo para el casting.
—Arenales y Callao —ordenó Olivia. Cuando arrancó el taxi, abrió la mochila y sacó la fruta de las once (según el último número de la Cosmos, debía alternar una manzana roja y una verde cada tres horas).
Le pegó un mordisquito a la manzana roja y se dio cuenta de que el taxista la espiaba por el espejo retrovisor. Y claro: el hombre debía creer que ella se la pasaba tragando todo el día. “Algo debo estar haciendo mal con esto de las dietas”, pensó. No conseguía bajar el bendito rollo que se le formaba cuando se sentaba. Meses atrás, también había probado la dieta de las Nubes —que le recomendó Coca, su vecina, que siempre le decía: “Vos tenés suerte, Oli, sos recontraflaca y no precisás hacer nada”—, la dieta del té verde, la dieta de los carbohidratos. Hasta pensó en ir a un cirujano, que achicaba el estómago. Los médicos eran un capítulo aparte: la mentirosa de Clelia, la nutricionista, antes de derivarla a un psicólogo le dijo que parara, que había pasado hacía rato el peso mínimo establecido para su talla. “Qué sabrá”, pensó.
Al llegar a la dirección de la agencia que indicaba el aviso clasificado, se encontró con una cola de jovencitas hermosas, flacas y altas. Se paró atrás de la última, y después de dos horas de espera, la arrearon hacia adentro.
El estudio era un salón pelado: sólo el camarógrafo preparando el video, y el asistente de casting que esperaba sentado en una silla.
Olivia se acercó y se paró sobre unos círculos de luz que proyectaban un par de focos.
Su panza cosquilleaba como si se hubiera comido una ensalada de plumas. Siempre le pasaba lo mismo en situaciones como esa.
—Presentate, por favor —dijo el asistente.
—Me llamo Olivia Rodari —dijo con voz entrecortada—. Tengo dieciocho, y hace dos años que trabajo para la agencia de modelos de Ricardo Elson.
—Ahora —explicó el asistente, mientras el camarógrafo filmaba cada movimiento de Olivia—, hacé de cuenta que estás en una playa. Corré, acostate a tomar sol, decí algo que se te ocurra.
Olivia se recostó boca arriba, con las piernas flexionadas. Se apoyó sobre los codos, tiró la cabeza hacia atrás y desplazó su rizada cabellera. Luego giró hacia la cámara, y mirando desde abajo, dijo:
—En medio de la selva urbana, crea tu propio oasis: toma Oliviacola —y empinando una botella imaginaria, simuló beber un sorbo.
—Gracias —le dijo el asistente al terminar de grabar—, a la brevedad te comunicaremos nuestra decisión —y enseguida puso a correr a otra postulante en la ilusoria playa.
Cuando Olivia salió a la calle, su panza continuaba revolviéndose, borboteaba, se retorcía como lombriz.
Caminó hacia la parada de los taxis, y de pronto se detuvo frente a la ventana de un bar. Quedó inmóvil, fijando la vista en un hombre que comía una chorreante porción de pizza.
Olivia dudó en entrar. Sin embargo, su cuerpo la condujo a una mesa.
—¡Por favor una de mozzarella! —le ordenó a un mozo que se arrimó.
—Una de mozzarella —repitió el mozo anotando el pedido—. ¿Y que vas a tomar con la porción?
—No, no quiero una porción. Yo quiero una pizza entera.
—Muy bien, hacemos una chica.
—No, una grande, por favor. Y con una gaseosa diet de lo que tengas. Y de postre, una porción de torta de chocolate con crema. ¿Puede ser con doble porción de crema?
El mozo parecía dudar.
—¿Nunca vio a nadie con hambre? —preguntó Olivia irritada.
El mozo dio media vuelta y se fue cantando el pedido.
Olivia sintió ahora un vacío profundo como un pozo ciego. Y no sólo en el estómago.
Pasaron diez interminables minutos, hasta que tuvo frente a sí una dorada pizza de aspecto crocante y queso que se estiraba y caía.
Engulló sin respiro. Luego, y casi por tragar el último bocado de pizza, el mozo le dejó el postre en la mesa. Tenía tanta crema chantilly, que la torta ni se veía. Olivia se agachó sobre el plato, y clavó la cuchara buscándola entre la espuma blanca.
Aquello era una delicia.
Al minuto pagó y salió disparada de la pizzería.
Durante el viaje, el taxista parecía empeñado en charlarle de estupideces: que el pronóstico del tiempo, que lo caras que estaban las cosas, que los pozos de la calle, que el tráfico. Olivia le respondía con monosílabos.
—Llegamos —dijo por fin, cuando divisó la esquina de su casa. Pagó y corrió a su departamento. Ni siquiera saludó al portero, que le abrió la puerta del ascensor.
No había tiempo que perder —se dijo—. ¡Olivia derecho a la bicicleta fija para dejar de ser una vaca!
“Voy a tener que pedalear el doble” pensaba, recordando la mozzarella grande y la torta de chocolate con doble porción de crema.
O mejor… Sí, sería mejor. Sería más rápido y efectivo.
Enfiló para el baño.
Se arrodilló frente al inodoro. Juntó el dedo índice con el mayor, y se los introdujo en la boca hasta rozar la campanilla. Y afloró una catarata de náuseas. Su corazón percutía en el pecho.
Hasta que por fin, el chorro ácido le emergió de las tripas.
“Así no se puede vivir”, pensó, pasándose el dorso de la mano por la boca.
3 comentarios:
a veces no existe otra manera... ='(
Que triste pero tan real historia.
La escribiste tu ???
Besitos!!
nena, a veces aunque pensemos que mia es la mejor solución no lo es, cielo de veras, es muy perjudicial, y te lo digo yo que la uso... tenemos que intentar usarla lo menos posible... la historia te paso??
un besito cielo
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